TESIS 11

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

OPINIÓN: Sin paz con la Tierra, no habrá paz sobre la Tierra. Por Alberto Acosta y Enrique Viale.


Primeros ecos luego de la COP-21 en París
SIN PAZ CON LA TIERRA, NO HABRÁ PAZ SOBRE LA TIERRA


Por Alberto Acosta y Enrique Viale






     Resulta evidente que la Humanidad atraviesa un momento complejo. Como nunca antes en su historia su existencia está globalmente amenazada. No se trata ya de enfrentar problemas aislados de sequías o de inundaciones, por ejemplo. Ahora los problemas socio-ambientales provocados por el ser humano, (des)organizado en la civilización capitalista, plantean retos globales. Todo indica que estamos cerca de llegar a un punto sin retorno (o que quizás ya lo estamos superando…). Frente estas realidades y amenazas se elevan muchas voces de angustia y también propuestas de acción. A primera vista parecería que hay una coincidencia de que se tiene que hacer algo. Al menos en el discurso, se acepta la necesidad de replantear las lógicas de producción y de consumo de la sociedad moderna para transitar por otros caminos con una relación más armónica con la Naturaleza. Esa aceptación, sin embargo, no se ha traducido en logros concretos. Hasta ahora. Recordemos que los esfuerzos desplegados desde la aprobación del Convenio de Kioto en 1997 no se han cristalizado en resultados concretos. Más aún, el fracaso de la COP 15, realizada en el año 2009, en Copenhague, sentó un duro precedente. La desazón y desesperanza coparon el ámbito de acción en Naciones Unidas. Y desde esa perspectiva, cuando era poco lo que se esperaba, emerge como un logro el acuerdo global conseguido en la COP 21 en Paris, en diciembre del 2015. En esa ciudad, sacudida poco antes por un brutal atentado terrorista, 95 países miembros de la Convención de las Naciones Unidas contra el Cambio Climático más la Unión Europea, a la que se considera un estado más, alcanzaron un acuerdo contra el calentamiento global que implica a la práctica totalidad del planeta. Sin embargo, como una primera gran conclusión podemos determinar que, si bien lo logrado es significativo comparado con los fracasos anteriores, resulta muy poco o definitivamente nada con lo que este reto global demanda.
     Para dudar de los aplaudidos alcances conseguido en Paris, cabría preguntarnos, como lo hace Gerardo Honty, por qué “muy distintos actores, desde los grandes exportadores de petróleo a las corporaciones globales, todos ellos, terminaron aplaudiendo el acuerdo parisino. Si esos actores celebran el convenio, es que sin duda no se están poniendo límites a la civilización petrolera”. Igual cosa podríamos plantear desde la aceptación de los países exportadores de petróleo o desde de sus mayores consumidores, como China y Estados Unidos, que también se hallan en el coro de aplaudidores. Veamos unos cuantos aspectos relevantes. Este Acuerdo, mundialmente aplaudido –sobre todo por los grupos de poder político y económico- presenta muchas falencias y debilidades, a más de marginaciones imperdonables. Noemí Klein pronto detectó que no aparecen siquiera nombrados conceptos clave como “combustibles fósiles”, “petróleo” y “carbón” y que la fenomenal deuda climática del norte hacia el sur brilla por su ausencia. En el Acuerdo se han suprimido las referencias a los Derechos Humanos y de las poblaciones indígenas, referencias transladadas al preámbulo. Además, pasará un tiempo para que este Acuerdo entre en vigor: las distintas partes tienen plazo entre abril del 2016 y mayo del 2017 para ratificar el Acuerdo, que entraría en vigor en el año 2020.
     Y una primera revisión de resultados sería en el año 2023. Los debates no abordaron a fondo los puntos sensibles, en tanto los negociadores se esmeraron en evitar los verdaderos problemas y menos aún proponer las verdaderas soluciones. Los países poderosos y las transnacionales consiguieron que ningún documento o decisión afecte sus intereses y se convierta en un obstáculo en la lógica de acumulación del capital. No se cuestionó para nada la perversidad del crecimiento ilimitado cuando ya son evidentes y feroces sus consecuencias socio-ambientales sobre la Madre Tierra. No hay compromisos vinculantes de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero; entonces estas emisiones continuarán aumentando. Tampoco se ha reconocido la deuda climática (mejor hablemos de deuda ecológica) que tienen históricamente los países industrializados con el mundo subdesarrollado; más aún, las grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Europea, no solo desconocen esa deuda, sino que hacen todo lo posible para no aceptar sus responsabilidades pasadas y actuales en la desaparición de glaciares, la subida del nivel marino y los eventos climáticos extremos. Al no haberse adoptado medidas drásticas que limiten y hasta reduzcan la oferta de combustibles fósiles, así como medidas que paren la deforestación, la temperatura continuará subiendo, contrariamente a lo proclamado en París. A modo de punto relevante, tengamos presente que el objetivo a largo plazo es que la temperatura del planeta no sobrepase los 2 grados de aumento a final de siglo (incluso se aspira a un objetivo más ambicioso de 1,5 grados) Sin embargo, con los compromisos voluntarios de reducción de emisiones de efecto invernadero, que han presentado los diferentes países en Paris, la temperatura llegaría a sobrepasar los 3 grados. Y por cierto, en estas circunstancias, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera seguirá aumentando. Vistas así las cosas, no todo el contenido del Acuerdo tiene el mismo grado de compromisos. Si los países no están obligados a cumplir los compromisos de reducción de emisiones que han presentado, no habrá sanciones si no cumplen sus ofrecimientos de reducción de emisión, pues quedarán en eso, en simples ofrecimientos. Lo que se espera es que esos ofrecimientos se transformen en compromisos aún más audaces a través de revisiones cada cinco años. El Acuerdo no fija metas claras en lo que al pico de emisiones se refiere. Y tampoco establece medidas a adoptar con el fin de descarbonizar la atmósfera.
      No hay planteamientos concretos tendientes a combatir los subsidios que alientan el uso de los combustibles o para dejar en el subsuelo el 80% de todas las reversas conocidas de dichos combustibles, como recomienda la ciencia e inclusive la Agencia Internacional de la Energía, entidad que de ecologista no tiene un pelo. Si como ya anotamos no se cuestiona “la religión” del crecimiento económico, en ningún punto se pone en entredicho el sistema del comercio mundial, que esconde e incluso fomenta una multiplicidad de causas de los graves problemas socio-ambientales que estamos sufriendo; tanto es así que “el comercio internacional deberá proseguir sin obstáculos, incluso en un planeta muerto”, al decir de Maxime Combes. Sectores altamente contaminantes como la aviación civil y el transporte marítimo, que acumulan cerca del 10 % de las emisiones mundiales quedan exentos de todo compromiso. Tampoco se afectan para nada las sacrosantas leyes del mercado financiero internacional que, sobre todo vía especulación, constituye un motor de aceleración inmisericorde de todos los flujos económicos más allá de la capacidad de resistencia y de resilencia de la Tierra. Y no hay compromisos orientados a facilitar la transferencia de tecnologías destinadas a facilitar la mitigación y la adaptación a los cambios climáticos en beneficio de los países empobrecidos.
     Así las cosas, con este tan promocionado Acuerdo se abren aún más las puertas para impulsar las que se conocen como falsas soluciones en el marco de la “economía verde”, que se sustenta en la continuada e incluso ampliada mercantilización de la Naturaleza. Así, con el fin de lograr un equilibrio de las emisiones antropogénicas, los países podrán compensar sus emisiones a través de mecanismos de mercado que involucren a bosques u océanos; o alentando la geoingeniería, los métodos de captura y almacenaje de carbono, entre otros. Para financiar todos estos esfuerzos se establece un fondo de 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Esa cantidad, con seguridad menor a la que han recibido los bancos en sus crisis recientes y que no constan en el Acuerdo, podría ser ampliada en 2025; además, este fondo carece de previsbilidad y transparencia. Por cierto el rigor de los compromisos cambia dependiendo de la situación de los países: desarrollados, emergente y “en vías de desarrollo”: eufemismo con el que se conoce a los países empobrecidos por el propio sistema capitalista y su inviable propuesta de desarrollo. Este Acuerdo, en palabras de Silvia Ribeiro, entonces, “se decanta por las opciones más conservadoras y menos ambiciosas” que fueron propuestas durante las negociaciones. De lo expuesto, que deberá ser complementado y profundizado con análisis aún más detenidos y pormenorizados, es fácil concluir que los problemas socio-ambientales globales luego de la COP-21 no encontrarán una solución de fondo. Y así continuará la guerra en contra de la Tierra, causa directa de la ausencia de Paz entre los seres humanos.


     La Paz con la Tierra como mandato para la Paz sobre la Tierra

     Aceptémoslo, los seres humanos para lograr que la Paz reine en la Tierra debemos empezar por hacer la Paz con la Tierra. Para conseguir ese vital objetivo, los seres humanos podemos y debemos convivir armónicamente con la Naturaleza, con sus plantas, con sus animales, con sus ríos y sus lagunas, con sus mares y sus manglares, con sus montañas y sus valles, con su aire, con sus suelos y con todos aquellos elementos y espíritus que hacen la vida posible y digna. Eso demanda un mundo en donde no sea posible la mercantilización depredadora de la Naturaleza, en la que el ser humano sea una parte más de ella y no un factor de destrucción. Y en donde, esto también es fundamental, se asegure la vida digna para todos los seres humanos. Las guerras y el uso del terror, independientemente de los argumentos que las invoquen, tanto como las agresiones a la Naturaleza, destruyen las condiciones de vida digna en el planeta. Para poder celebrar a diario la enorme riqueza de la vida en todos los rincones de la Tierra, así como su gran diversidad biológica y cultural, requerimos construir comunidades democráticas y libres. Y así, conscientes de este mandato, retornemos a Paris. Más allá del mensaje que se puede obtener de la COP 21, es preciso comprender las consignas de guerra desplegadas a raíz de los atentados terroristas del 13 de noviembre pasado, y los redoblados esfuerzos bélicos con que los enfrenta. Las políticas “defensiva” u “ofensiva” para combatir el terror con más terror, a la muerte con más muerte, solo conducen a un permanente adiestramiento para el genocidio, a la normalización de los crímenes de guerra, al crimen selectivo como noticia favorita en los medios de comunicación masiva. Debemos, por tanto oponernos a la institucionalización de cualquier forma de violencia en la vida cotidiana. Y en línea con el pensamiento del Mahatma Gandhi, estamos convencidos que no hay un camino para la Paz, sino que la Paz es el camino. La mejor manera de combatir esas fuerzas aterradoras, empeñadas muchas veces en el control de los combustibles fósiles, como el petróleo en el Oriente Medio, por ejemplo, es recuperando las miradas y cercanías con la Naturaleza. Es decir la capacidad de fascinarnos con la diversidad de las formas de vida existentes en la Tierra; lo que exige el respeto a las diversidades. Y todo esto para sembrar desde lo cotidiano y en todos los rincones de la Tierra, nuestra Madre Tierra o Pachamama, un compromiso de convivencia entre los pueblos entre sí, y de éstos con la Naturaleza. Insistamos, en la tierra no habrá Paz, si no establecemos la Paz con la Naturaleza. La Naturaleza explotada, contaminada, militarizada, es la causa profunda de muchas violencias. Y lo son también las enormes y crecientes brechas entre ricos y pobres en todo el planeta.
     Esta realidad provoca miedo e incertidumbre por el futuro. Desata problemas cada vez más complejos en términos de los cambios climáticos en marcha, que amenazan la vida de los humanos en el planeta. Constituye una manifestación de despojo para la mayoría de habitantes y de acumulación en beneficio de pequeños grupos que han concentrado el poder en base a los extractivismos y la mercantilización de la Tierra. Estas son las verdaderas fuerzas destructoras que impiden las condiciones materiales y existenciales necesarias para la realización de la vida digna para todos los habitantes del planeta. Por ello tiene hoy más sentido que nunca, superando el miedo al terror, enarbolar la bandera de la Paz, y enfrentar las agresiones contra la atmósfera, que provocan el cambio climático; el agronegocio de los organismo genéticamente modificados (los transgénicos) y los agrotóxicos; el desbocado extractivismo en los territorios desde donde se obtiene -con verdaderas amputaciones ecológicas- petróleo, gas o minerales. Y más aún si sabemos que esas agresiones son sostenidas -siempre- con el uso de la fuerza, con la criminalización de los defensores de la vida y en más de una ocasión con operaciones militares.


     El Tribunal de los Derechos de la Naturaleza, respuesta desde la sociedad civil

     En las circunstancias descritas, sobre todo frente a los continuados fracasos de los grupos de poder, que realmente no tienen interés en encontrar las respuestas adecuadas a los problemas provocados por el cambio climático -es decir por ellos mismos-, la sociedad civil propone respuestas y acciones creativas. Es más, la sociedad civil no espera a que den fruto las acciones de los poderosos. La sociedad civil en el Sur y en el Norte se ha puesto en marcha. Resiste y propone. Así, ya desde hace dos años, desde la sociedad civil se construye un espacio para denunciar e incluso sancionar éticamente los crímenes que se cometen en contra de la Tierra y de sus hijos e hijas. Este Tribunal Ético Permanente por Derechos de la Naturaleza, que ha realizado sesiones en Ecuador, Perú, Australia y Estados Unidos, se reunió también en París en forma paralela a la COP 21. En este espacio se analizan y juzgan las agresiones contra la Naturaleza, considerando que ésta es la mayor guerra de agresión y terror es la que se lleva a cabo en el mundo. Quienes conforman este Tribunal Ético Permanente por los Derechos de la Naturaleza, en homenaje a todas las víctimas de toda forma de terror, invitaron a recuperar y a construir los espacios necesarios para propiciar democráticamente una vida en Paz. El desafío es extraordinario. Detener el cambio climático y las agresiones a la Naturaleza excede el marco de las cumbres gubernamentales y requiere del movimiento social global más poderoso de la historia que conecte las distintas luchas de justicia ambientales, económicas, feministas, indígenas, urbanas, obreras. Esto implica coordinar acciones anti-coloniales, anti-racistas, anti-patriarcales y anti-capitalistas, construyendo alternativas civilizatorias. En eso estamos, hacía allá vamos. En suma, la lucha por la Naturaleza y la vida digna de los seres humanos, posible sólo si vivimos en armonía con nuestra Madre Tierra, como expresó el senador argentino Fernando “Pino” Solanas en Paris, en este Tribunal de los Derechos de la Naturaleza, sintetiza “la causa de todas las causas”.





Alberto Acosta es Economista ecuatoriano y Enrique Viale abogado ambientalista argentino.

jueves, 10 de diciembre de 2015

INTERNACIONAL: La "guerra al terrorismo" cuyo objetivo es desencadenar una tercera guerra mundial. Por Robert Bibeau



LA "GUERRA AL TERRORISMO"
CUYO OBJETIVO ES DESENCADENAR UNA TERCERA GUERRA MUNDIAL


Por Robert Bibeau*
Les 7 du Quebec

(Traducido del francés para Rebelión por Caty R.)






     La problemática de los conflictos internacionales

     Para entender la política nacional e internacional –ambas están enlazadas- es necesario estudiar la economía y después aplicar esos conocimientos a la política. Hay que plantear la cuestión ¿Cuáles son los intereses en un conflicto regional o mundial?, lo que debería llevar a preguntarse ¿Qué clases sociales actúan en el conflicto y qué intereses económicos defienden? Estas son las preguntas a las que intentaremos responder (1).
     La hipótesis que preferimos es que la alianza de los trusts financieros internacionales –asociados con varios gobiernos imperialistas dominantes- actúa entre bambalinas para preservar la forma de producción capitalista. Para ello cada una de las alianzas imperialistas maneja su política regional e internacional enfrentándose a las otras alianzas e intentando enfeudar a las fuerzas nacionalistas de las clases burguesas y proletarias de los países sometidos a esos conflictos. Veremos que la clase trabajadora tiene muy poco papel en esas intrigas a pesar de ser el sujeto fundamental.


     Dos axiomas complementarios 

     Las claves para comprender los recientes acontecimientos económicos y políticos internacionales son, por una parte, admitir que la economía gobierna la política y raras veces lo contrario. De este primer axioma deriva el segundo, que estipula que los poderes financieros mundiales dirigen las potencias de la política internacional, las cuales deben garantizar que las clases sociales vayan derechas por los caminos que les asignen. Dichos caminos de austeridad pueden conducir hasta resignarse al sacrificio final dictado por los generales y llegar incluso a la muerte para mantener este sistema económico depravado.
     Una vez admitidos estos axiomas es fácil desenredar la complicada madeja de intereses entrecruzados, así como la mezcolanza de teorías «del complot» que se disputan el escenario en el teatro político internacional.


     Historia del nacionalismo chovinista «islamista»

     Desde 1979, desde la revolución iraní dirigida por el ayatolá Jomeini, la religión musulmana se convirtió en un factor de identidad muy poderoso en los estados-nación donde causan estragos dicha religión y la explotación neocolonial. En la mayoría de esos países las burguesías nacionalistas locales consiguieron amalgamar sus múltiples intereses sirviéndose de ese denominador común, que permite apaciguar las relaciones de clases y a veces incluso movilizar a los populachos locales que viven en condiciones de producción arcaicas (semifeudales) para librar guerras fratricidas que afectan al reparto de las prebendas tras la liquidación de los recursos nacionales.
     De esta forma se movilizó a Irak (suní) contra Irán (chií) a una guerra de ocho años que costó un millón de muertos en cada bando. Carne de cañón trabajadora para forzar un realineamiento político y económico por parte de la burguesía iraní disidente (2). Se entiende que las potencias imperialistas occidentales manejaban los hilos entre bambalinas animando a Sadam Hussein a destruir Irán, que se atrevió a utilizar el nacionalismo chií para alejarse de sus antiguos amos occidentales. Irán impulsó el enfrentamiento hasta el punto de sugerir que se podría sustituir el petrodólar en el mercado del oro negro (3). Desde la firma del acuerdo sobre el expediente nuclear iraní se entiende que si Irán sabe desembarazarse de esas enemistades podrá unirse a la comunidad de estados autorizados por el imperialismo globalizado (4).


     El integrismo en Afganistán 

     Fue lo mismo cuando la burguesía izquierdista afgana intentó tomar el control de sus recursos para venderlos al mejor postor, llegando incluso a firmar acuerdos de defensa con el bloque imperialista soviético. Inmediatamente los feudales nacionalistas musulmanes afganos, entre ellos los talibanes, fueron reclutados por Al-Qaida, financiada por la CIA, para erradicar a esa banda de nacionalistas –laicos- sometidos a los intereses del otro bando imperialista. Desde entonces los estadounidenses resultaron cazados. Los talibanes recuperaron el control de su país y la población afgana regresó al yogo de sus amos nacionalistas islamistas tras 30 años de una guerra terrorista sanguinaria perpetrada por los aviones y los drones de la OTAN.


     La guerra civil en Líbano y en la Palestina ocupada 

     La guerra civil libanesa fue otra demostración de la utilización del nacionalismo islamista para descalificar a un clan y promover a otro bajo múltiples escudos de armas religiosos-nacionalistas (Chií, suní, cristiano, druso). Hizbulá, la mayor organización nacionalista chií, salió ganadora del enfrentamiento. Pasó lo mismo en guerra de los clanes religiosos en Palestina, donde la burguesía suní acabó desacreditando a las facciones burguesas laicistas miembros de la OLP. La burguesía nacionalista de Hamás, suní, se impuso como portavoz de la burguesía palestina ansiosa por acordar un reparto de las tierras disputadas con las facciones religiosas judías en el poder en Tel Aviv. Es interesante señalar, de paso, que el poder imperialista israelí, industrializado y occidentalizado, no supo escapar del imperativo del nacionalismo religioso chovinista, atrapado en medio de ese océano nacionalista-religioso en la confluencia del norte de África y Oriente Próximo (5).


     Argelia bajo los golpes del FIS y el FLN 

     También Argelia ha conocido las crispaciones islamistas por parte de las facciones burguesas reaccionarias que fueron excluidas del reparto del poder político –de adorno- tras la guerra «de independencia» que dirigió la burguesía nacionalista laica (seudo socialista). Hay que señalar que los grupos religiosos no contribuyeron gran cosa durante la «guerra nacional de independencia» (sic). En cualquier caso la población argelina, en la miseria y muy frustrada por los resultados del Gobierno «independiente», escuchó con agrado los llamamientos a la revolución de las oportunistas facciones islámicas nacionalistas. Lo que la pequeña burguesía argelina exiliada en París y Montreal no le perdona. Sin embargo fue la clase trabajadora argelina, la que siempre está bajo el yugo de los potentados nacionales –laicos o islamistas- la primera que sufrió la guerra civil de 15 años entre las facciones nacionalistas islamistas (FIS) y las facciones terroristas agrupadas en el FLN nacionalista, laico y seudo socialista (6). La mismo que en Túnez y en Marruecos, cuyo peso económico es marginal en los negocios internacionales y donde las facciones nacionalistas fueron detenidas, encarceladas o fusiladas antes de haber podido incrustarse de en poder.


     El islamismo integrista en Turquía, la aliada de la OTAN 
 
     En Turquía, desde Ataturk, la burguesía nacionalista chovinista, más o menos como en Siria y en Egipto, estaba consolidada al mando del aparato de Estado capitalista. Sin embargo este país, como Egipto, está en vías de industrialización acelerada lo que provoca –la crisis económica sistémica también repercute aquí- enfrentamientos obreros y levantamientos populares que asustan mucho a la burguesía nacionalista chovinista islamista aislada en la época de Ataturk. Esta fracción de la clase burguesa que había hecho del islamismo su fondo de comercio vuelve a la superficie para reclamar su parte del legado otomano. La nueva Turquía «islamista» juega dócilmente su partición en el concierto de las nacionales y maniobra en la región. Por lo tanto está poco preocupada por los ataques «yihadistas», al menos hasta ahora. El ataque que acaba de perpetrar, por orden de la OTAN, contra los cazas rusos lo demuestra ampliamente (7). Estados Unidos y la OTAN dejan que esa burguesía podrida masacre a sus nacionalistas kurdos mientras fomentan la disidencia nacionalista de los kurdos de Irak y de Siria sembrando la confusión en esa región sangrante del mundo. Nos preguntamos para quién actúa Thierry Meyssan cuando pretende que: «Con una mano el Gobierno francés moviliza todos sus medios para focalizar a la población sobre los atentados del 13 de noviembre y después sobre la Cop21. Y con la otra aprovecha la falta de atención general para lanzar con Israel una nueva guerra en Irak y en Siria. Su objetivo ya no es derrocar al régimen laico sirio ni destruir su ejército, sino crear un estado colonial a caballo entre Irak y Siria, dirigido por los kurdos, con el fin de atenazar a los estados árabes. El sueño del poder israelí del Nilo al Éufrates ha vuelto» (8).
     Francia e Israel no están en absoluto al mando de las guerras de Oriente Próximo, las dirige el Estado Mayor estadounidense con mucho cuidado de arreglarse con su nuevo aliado iraní, muy poderoso en el golfo Pérsico. Irán no dejará que se partan Irak o Siria. Tolera al Kurdistán, pero solo de momento. Los capitalistas israelíes deben de estar muy desesperados para conchabarse con el Elíseo, cuya aviación fue incapaz de asesinar a Muammar Gadafi sin el apoyo logístico y la intervención decisiva de la aviación estadounidense. Los imperialistas franceses deben de estar muy desesperados para conchabarse con los «fracasados» del ejército israelí, muy capaces de masacrar a la población civil palestina pero incapaces de enfrentarse a Hizbulá (9).


     Los Hermanos Musulmanes en Egipto 

     El Egipto de Mubarak hacía buena pareja con los Hermanos Musulmanes desde hacía mucho tiempo. El país fue sometido a una revuelta, primero popular y después trabajadora, de gran envergadura, no para lograr el derecho de voto para elegir a un nuevo dictador, sino para conseguir el derecho a vivir decentemente. Al contrario de lo que pretenden algunos comentaristas, las revueltas populares fueron reales y la represión sanguinaria. Sin embargo las facciones burguesas nacionalistas, con las religiones musulmana y copta de fondos de comercio, se asustaron a la vista de la sucesión de levantamientos populares duramente reprimidos por el ejército, lo que las llevó a aceptar el mantenimiento de clan despótico de Mubarak (sin Mubarak) y a restablecer el poder a los militares sin desencadenar acciones terroristas en el extranjero. Sin embargo los Hermanos Musulmanes egipcios, nacionalistas religiosos chovinistas, siempre han mantenido una rama de Al Qaida en el Sinaí como una espada de Damocles sobre la cabeza del poder militar de El Cairo. La Cofradía espera que la situación nacional e internacional se calme antes de reclamar el poder que las urnas burguesas le concedió (10).


     El islamismo integrista en el imperio saudí 

     Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania juegan la carta nacionalista wahabí extremista desde hace mucho tiempo. Dado que esos países arcaicos –donde las fuerzas de producción feudales flojean bajo la presión de las fuerzas productivas sociales- se pliegan escrupulosamente al reparto de las regalías petroleras y al uso del petrodólar en el mercado del oro negro, no es necesario crear disturbios sociales-religiosos para mantener la adhesión evidente de esos Estados. Esta coyuntura está demostrada por la relativa quietud en la que viven esos países, comanditarios de las bandas de mercenarios «yihadistas» que castigan los países limítrofes. Las brigadas «yihadistas» saben que no deben morder la mano que las alimenta. Otra cosa es Yemen, donde una parte de la burguesía local de confesión chií apoyada por Irán, la nueva potencia regional, se está revolviendo contra la autoridad feudal de los antiguos vándalos parásitos. Arabia Saudí –Estado terrorista- sufre una derrota militar humillante a manos de los «yihadistas» locales. Probablemente la misma suerte reservada a las veleidades nacionalistas separatistas kurdas de Irak y Siria, que pretenden crear un Kurdistán a sueldo de los sionistas israelíes.


     El integrismo islamista en Irak y Libia 

     Cuando la burguesía nacionalista laica de Irak intentó librarse de la tutela de las multinacionales del petróleo el amo del juego invadió el país, desmanteló el Estado iraquí y ofreció el país a pasto a los clanes nacionalistas islamistas como advertencia de lo que podría ocurrir a cualquier otro estado díscolo. La Libia de Gadafi y su banda capitalista no lo comprendieron y corrieron la misma suerte unos años después (11). Desde entonces diversos clanes de mercenarios, representantes del sufismo, garantizan la provisionalidad de ese país desgarrado y exangüe. Tras el rápido hundimiento de la clase burguesa libia los mercenarios del desierto, yihadistas a sueldo, se dirigieron al Sahel, de Sudán a Mauritania pasando por Malí. Pero que no se preocupen las potencias occidentales, solo Libia y el Sahel sufren los delitos de esos terroristas alquilados. Bajo bandera falsa yihadista se dedican a diversos crímenes de derecho común, como el comercio de esclavos y el contrabando de armas y drogas, nada que tenga que ver con el islam.


     Los terroristas «yihadistas» causan estragos en Siria 

     El clan de Assad se aseguró el control del Estado sirio desde los años 50, en la época en que las burguesías nacionales regionales se repartieron los poderes en función de sus lealtades ideológicas, de clanes y sectoriales (industria y comercio). El territorio sirio no contiene grandes riquezas naturales, lo que limita mucho la codicia de las grandes potencias. La «comunidad internacional» (sic) consiente que Rusia –una potencia imperialista competidora- se beneficie de una base militar en Latakia, en los confines del Mediterráneo. Pero la geopolítica mundial, revolucionada por el declive del imperio estadounidense y europeo y por el auge de la lejana China –la verdadera competidora de la antigua potencia declinante- hizo necesario, a los ojos de la potencia hegemónica decadente, golpear a Rusia con el fin de alejarla de China y plegar su economía a las necesidades de las empresas occidentales. Siguió una serie de conflictos teledirigidos en Chechenia, para empezar en el Cáucaso, en los Balcanes, en Ucrania y finalmente en Siria.
     Este último frente es, de lejos, el más complicado de analizar y descifrar. Los maleantes de los servicios secretos occidentales no encontraron un apoyo serio en la burguesía siria y tampoco en las jerarquías religiosas (suní, alauí, chií, cristiana) para desencadenar una guerra civil interna y someter al clan de Bachar al Assad, nacido de un compromiso entre esas diferentes facciones burguesas nacionalistas-religiosas mantenidas por su padre en un frágil equilibrio. Los servicios secretos de las potencias occidentales (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania) y las potencias regionales (Turquía, Arabia Saudí, Catar) tuvieron que transportar, entrenar, armar, financiar y proveer un ejército de mercenarios «seudo yihadistas» reclutados entre los millones de «reservistas» errantes y desocupados llegados de 20 países en crisis (12).
     En Siria se concretó el peor de los escenarios que podía imaginar el Pentágono. El clan de Bachar al Assad no ha soltado la presa a pesar de la violencia de la zarabanda. La población siria desesperada, hundida por las atrocidades cometidas por los asesinos derramados por el país, no se levantó contra el poder despótico, al contrario, consideró que el déspota era más tranquilizador que los bandidos que Occidente lanzó contra ella. Rusia, aunque rápidamente se alejó de Libia no flaqueó, menos incluso que el aliado iraní al que creía arrinconado por las sanciones internacionales y el boicot de la «comunidad internacional» (sic). Finalmente la situación sobre el terreno se deterioró para los oportunistas reunidos por la estampida, que empezaron a seguir su propia agenda. Los mercenarios «yihadistas», al plantearse si existirá otro final que una muerte inevitable, empiezan a cansarse o asustarse. Esto explica los golpes de fuerza como el de París, cuando la pelotera está entre antiguos cómplices (13). Y he aquí que el «sub lugarteniente» Erdogan es enviado al frente por la OTAN, que siempre espera que esta guerra atípica se convierta en una guerra atómica (14).


     El análisis oportunista de la izquierda burguesa 

     Geraoid O’Colmain, analista político, declaró recientemente que:

«Los ataques terroristas de los denominados grupos islamistas están orquestados en el extranjero, lo mismo que los ataques terroristas de la OTAN a Afganistán, Irak, Siria y Yemen. En particular están orquestados en el extranjero por las mismas potencias neo imperialistas y neocoloniales, Estados Unidos e Israel (…) Estos ataques constituyen una profundización de la guerra emprendida por esas potencias imperiales contra las poblaciones de Oriente Medio, de Europa y de África con el fin de dividir para reinar y así someter a todas a las potencias al “nuevo orden mundial” en construcción, un nuevo orden conducido por un puñado de dirigentes tiránicos, una élite maquiavélica (…) No existe una guerra contra el terrorismo, continúa O’Colmain, existe una guerra que utiliza a los grupos terroristas, “delegados” de dichas potencias occidentales, contra los Estados-nación que resisten la dominación estadounidense-israelí y para “disciplinar” a las poblaciones trabajadoras de Europa, de África y de Oriente, con el fin de someterlas al dictado de las citadas potencias que desean provocar una guerra mundial entre todos los pueblos con el fin de alimentar su industria militar y armamentista. Las emigraciones forzosas de millones de refugiados constituyen una ingeniería migratoria coercitiva a expensas de los países de Europa del Este y Alemania, donde la presión se acumulará sobre los sueldos y los empleos de las masas trabajadoras locales, suscitando regionalmente grandes revueltas sociales contra los emigrantes inocentes. O’Colmain añade que no hay ni ha habido nunca guerras antiterroristas de Occidente contra la religión musulmana, puesto que esos grupúsculos terroristas pseudoislamistas son criaturas de los servicios secretos occidentales, Al Qaida es el ejemplo típico al respecto, concluye el analista» (15).

     En este sucinto párrafo el analista condensa la teoría del «complot» que encanta a la izquierda burguesa y trata de acreditar al respecto la sucesión de ataques terroristas que agobian a ciertos países desde hace decenios. Muchas afirmaciones de este especialista son verídicas, pero muestran un sofisma en cuanto que acreditan la teoría de un complot dirigido por la alianza israelí-estadounidense para construir el nuevo orden mundial (sic) ignorando la responsabilidad de las burguesías nacionalistas chovinistas europeas y mundiales. De esa constatación O’Colmain deduce que para enfrentarse tanto a las actividades de baja intensidad cometidas por errantes, bandidos y retornados de baja estofa, como a las actividades terroristas de gran envergadura perpetradas por generales con la ayuda de portaaviones, cazas, drones y enormes bombarderos, hay que derribar a todas las burguesías nacionales, a cada una en su casa, en los países traseros neocolonizados e islamizados, así como en los países industrializados e imperialistas.
     No existe un posible nuevo orden político mundial. Un nuevo orden político mundial solo puede basarse en un nuevo modelo de producción que hay que construir. Y lejos de ver la emergencia de un nuevo modo de producción estamos viendo marchitarse el antiguo medio de producción capitalista dispuesto a lanzar a la humanidad a una guerra nuclear apocalíptica antes que desaparecer.


     La propaganda oficial sobre el terrorismo «islamista» 

     La editorialista del diario l’orient-Le Jour resume así la posición oficial que los medios dominantes deben propagar con respecto a los sucesos imputados:

«Los sucesos regionales e internacionales parecen precipitarse. Líbano, Francia y Malí, tres países en tres continentes distintos han sido golpeados en ocho días por el terrorismo islamista, que parece extender sus tentáculos de odio por todas partes y amenaza a nuevas capitales con agresiones del mismo tipo (en particular a Bruselas). El mundo entero se moviliza contra el Estado Islámico y los franceses efectúan ataques precisos e intensivos. Lo que por otra parte suscita una pregunta elemental: ¿Qué hace ahora la coalición internacional, dirigida por Estados Unidos, que declaró la guerra al Estado Islámico hace un año y medio? El caso es que en pocos días la opinión pública internacional ha cambiado y empuja a los dirigentes de todo el mundo a actuar contra esa organización terrorista» (16).

     Lo inquietante de esta serie de argumentos es que sin detenerse a responden a la importante cuestión que plantea, la periodista se apresura a afirmar que la situación ha cambiado y que ahora la opinión pública internacional empujará a los dirigentes de la «comunidad internacional» a actuar (!). La perorata de la redactora forma parte de la intoxicación mediática extremista. Da a entender que Estados Unidos y sus aliados han declarado la guerra a los terroristas mientras numerosas informaciones señalan que son esas mismas potencias coaligadas las que reclutan, financian entrenan, arman y apoyan de todas las formas imaginables a esos «pseudoyihadistas», la mayoría pobres y sin medios de subsistencia de los cuales 100.000 habrían muerto desde hace cuatro años en Siria y cuyos efectivos se mantienen en 30.000 combatientes activos gracias en particular a la ayuda occidental.

     El cronista René Naba añade y acusa:

«[En segundo lugar la responsabilidad incumbe al Gobierno francés] no solo en Libia y en Siria, sino también por su silencio mortal en Yemen, su alianza privilegiada con el reino saudí -la incubadora absoluta del yihadismo errático degenerativo- y con su aprendiz Catar; con la Meca de la cofradía de los Hermanos Musulmanes -la matriz de todas las organizaciones radicales yihadistas de Al Qaida y Jabhat An Nosra- y por último, pero no menos importante, con Turquía, el timón regulador de los yihadistas en el plano militar, al mismo tiempo que principal proveedor del flujo migratorio con destino a la Unión Europea inmersa en la crisis sistémica de su economía» (17).

     Los servicios secretos incluso no disimulan sus actividades de apoyo al Estado Islámico.

«Los servicios secretos franceses habrían alentado a más de 3.500 islamistas franceses radicales a ir a Siria (…) a derrocar al régimen sirio o a morir en el terreno. La idea de regresar al territorio francés no se contempla (…) Según las cifras avanzadas habría más de 10.000 combatientes de nacionalidad europea que luchan bajo la bandera del Estado Islámico» (18).

     El presidente Vladimir Putin, cuyo aliado sirio está en el ojo del huracán, declaró que tiene pruebas de que 40 personalidades de los negocios internacionales procedentes de países miembros de la coalición anti-Estado Islámico le financian directamente (19). Las informaciones tienden a demostrar que el jefe del Estado Islámico es un agente comprobado de la CIA (20). Ahora se reconoce que el hijo del presidente turco, Erdogan, coordina el comercio del petróleo que recoge el Estado Islámico en los pozos de Irak y Siria, contribuyendo así a la financiación del Estado odioso.

«Una serie de pruebas tiende a demostrar que Catar compró a Ucrania material militar antiaéreo de vanguardia por cuenta del Estado Islámico. La operación se desarrolló a finales de septiembre de 2015, justo antes de la intervención militar rusa contra la organización terrorista. Fue aprobada por la embajada de Estados Unidos en Doha. El material se transfirió vía Bulgaria y Turquía. Oficialmente Catar, Ucrania, Estados Unidos, Bulgaria y Turquía luchan contra el Estado Islámico» (21).

Finalmente la desconfianza es tan grande frente a las autoridades gubernamentales que algunos se preguntan si no será el propio Estado burgués el que habría organizado, orquestado o dejado que se organizasen esos atentados «de falsa bandera» en el corazón de París (22). Obviamente el gran capital internacional no va a crear las condiciones de una conjuración y aunque se levanten voces reclamando la guerra son más numerosas las personas que protestan por la propaganda de los medios de comunicación a sueldo y llaman a desconfiar de las autoridades gubernamentales.


     El objetivo es la guerra 

     Quemando etapas, probablemente por exceso de entusiasmo, un experto en asuntos iraquíes se fue de la lengua y reveló sin ambages:

«Teniendo en cuenta la experiencia de Irak veo con bueno ojos, como lo ven desde Irak y ahora seguramente desde París, a raíz del acercamiento reciente entre Putin y Obama, la tendencia cada vez más fuerte a favor de una alianza unificada al estilo de la que se constituyó para acabar con el nazismo. Y ahora que París está de luto cada vez más responsables políticos y geoestrategas militares ponen lúcidamente por delante la eficacia operativa de los golpes rusos que, en una semana, han tenido más impacto que los estadounidenses en un año. A pesar de las fuertes reticencias de estos últimos, aparentemente movidas como siempre por el nuevo orden mundial proclamado y decretado desde 1991 por Bush padre, parece que la proeza militar tiene una explicación que va más allá de la fuerza ejercida: esos mismos rusos consiguieron, sobre todo, integrar a las autoridades iraquíes, iraníes y sirias en torno a una estructura única de coordinación de inteligencia anti-Estado Islámico con sede en Bagdad» (23).

     Queda claro que el gran capital mundial quiere arrastrar a todo el mundo, reeditar la hazaña de 1940. Volver a crear la internacional apocalíptica bélica con el fin de lanzar a los trabajadores de los distintos países unos contra otros en un inmenso holocausto mundial para el reparto de las zonas de recursos, los mercados y los sectores de producción de plusvalía. El especialista iraquí simplemente no ha entendido que la alianza no puede estar dirigida por dos potencias hegemónicas competidoras, Estados Unidos y Rusia. ¿Contra quién se dirigiría esa alianza de enemigos? ¿Contra un Estado fantasma que posee algunas armas suministradas por sus enemigos, financiado por sus antiguos patrocinadores unidos contra él y sus 30.000 combatientes ya desarmados? En 1940 las potencias del Eje alinearon a casi 15 millones de soldados armados hasta los dientes y bien entrenados… Seguramente la alianza reaccionaria que se está construyendo no apunta al Estado Islámico fantoche, ¿adónde apunta?
     Jacques Attali también publica sus fantasías y en sus ensoñaciones más lúcidas el exasesor de François Mitterrand ve una tercera guerra mundial en preparación cuyo desencadenamiento prevé en 2030 (24). Para evitarla propone la creación de un supraestado de derecho mundial, la creación de un nuevo orden mundial, la manía de los bohemios de la izquierda burguesa. La ONU de alguna manera, más autoritaria y firmemente anclada en manos de los magnates de las finanzas internacionales, sometiendo a miles de millones de trabajadores bajo el látigo del trabajo asalariado. En resumen el sirviente propone dar a los que fomentan la próxima guerra un instrumento complementario para llegar a sus fines.
     El experto Patrick Martin anuncia que:

«El complejo militar y de inteligencia estadounidense está comprometido en preparativos sistemáticos para la Tercera Guerra Mundial. Para el Pentágono un conflicto militar con China y/o Rusia es inevitable y esa perspectiva se ha convertido en la fuerza motriz de su planificación técnica y estratégica» (25).

     Para hacer la guerra –y más si es la guerra mundial- hacen falta muchas armas. En noviembre de 2015 el investigador Jules Dufour, del grupoMondialisation, publicó un artículo titulado Le réarmement planétaire en el que señalaba que

«El mundo cada vez está más militarizado. Los gastos militares aumentan sin cesar en muchos países. Más de 5.000 millones de dólares diarios se dedican a la guerra o a su preparación. Los gobiernos están absolutamente sometidos a las exigencias de los lobbies militares (…) Hay 640 millones de armas ligeras diseminadas por todo el mundo (una por cada diez personas). La producción de cartuchos militares es de 14.000 millones anuales (…) Los gastos militares mundiales llegaron a 1,747 billones de dólares en 2013, lo que equivale al 2,4% del PIB mundial» (26).

     El especialista Larry Chin comenta:

«Esta crisis apocalíptica no es una guerra “contra el terrorismo”, sino una guerra “de” terrorismo librada por terroristas, dirigida por terroristas y criminales de guerra psicópatas que se ponen al margen de la ley. No tienen en absoluto la intención de acabar con el terrorismo. De hecho es todo lo contrario: los ejércitos terroristas de Occidente son una gran ventaja utilizada para infiltrar y desestabilizar, para derrocar a los regímenes que la OTAN quiere alinearse, para invadir y conquistar. Y hunden uno tras otro: primero Irak y Libia, después los sucesos actuales en Siria, todo para la lograr ambiciones aún más amplias. La “guerra contra el Estado Islámico” incluso no concierne a este grupo, a pesar de las atrocidades que cometen estos asesinos. Esta guerra es, y siempre será, una guerra mundial entre superpotencias que enfrenta a Occidente con Rusia y China y en cualquier parte donde decidan los intereses occidentales y sus grandes empresas, bien sean geoestratégicas o centradas en los recursos» (27).


     Conclusión 

     Solo se puede añadir que todo se está tramando para lanzar a las masas proletarias a la guerra total. En realidad una guerra mundial solo puede enfrentar a dos enemigos irreconciliables que luchan por la supervivencia. Es decir, el conflicto enfrentaría a la Alianza Atlántica imperialista, dirigida por el «eje del bien» estadounidense, con la alianza asiática dirigida por China y Rusia, como predijo Samuel Huntington en su libro El choque de las civilizaciones (28). Eso significaría que las burguesías nacionalistas chovinistas habrían ganado su apuesta de movilizar a las masas proletarias para que se maten entre ellas en una guerra por el reparto de los recursos, de los mercados y de los sectores de producción de plusvalía, fuente de todos los beneficios. Una vez acabase esta nueva guerra la carne de cañón trabajadora regresaría a su esclavitud laboral (29).
     Pero ese conflicto internacional podría enfrentar a otros dos grandes enemigos todavía más irreconciliables, la gran burguesía mundial y lo que quedaría de sus aparatos estatales con el proletariado internacional para la erradicación del modo de producción capitalista y la creación de un nuevo modo de producción comunista.



NOTAS: 



(3) Robert Bibeau (2015) La guerre des monnaies






(9) Salvo por las masacres que la burguesía israelí organiza regularmente contra los resistentes nacionalistas palestinos en los campos de concentración de Cisjordania y Gaza.




(13) Michel Colon (2015) J’accuse











(24) Jacques Attali. Une 3e guerre mondiale


(26) Jules Dufour (2015) Le réarmement planétaire

(27) Larry Chin. 19 de noviembre de 2015 Pousser les masses vers la guerre totale 

(28) Samuel Huntington. (1997) Le choc des civilisations




* Robert Bibeau, canadiense, es profesor, periodista y analista de economía política marxista y vive en Quebec.



Fuentes:



martes, 8 de diciembre de 2015

INTERNACIONAL: ¿Canto del cisne del chavismo?. Por Juan Agulló y Rafael Rico Ríos


Claves de una derrota anunciada
¿CANTO DEL CISNE DEL CHAVISMO?
  
Por Juan Agulló y Rafael Rico Ríos*
7-XII-2015





     Hace 17 años, el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez, ganó las elecciones presidenciales en Venezuela por abrumadora mayoría (56.20%). El país sudamericano enterró el bipartidismo y clausuró un ciclo de pesadilla en el que la sucesión de crisis y ajustes estructurales pareció no tener fin.
     Ayer, justo 17 años después, Nicolás Maduro, sucesor de Chávez en la Presidencia, perdió el control del poder legislativo que pasará a manos de la oposición. Tras 18 victorias en diversas contiendas, ésta ha sido la primera derrota de cargos electos. A partir de ahora, pase lo que pase, es posible que estemos ante otro cierre de ciclo. Pero, ¿estará el chavismo ante su canto del cisne?
     En primer lugar, recordemos que se trata de unas elecciones legislativas, no presidenciales y, por tanto, el ejecutivo continúa gobernando hasta 2019.
     Sin embargo, la abultada victoria de la oposición, con más de 100 diputados, le da lo que se llama “mayoría calificada” que le permitirá, entre otras cosas, aprobar o rechazar cualquier ley, dar voto de censura al vice-presidente y ministros, hacer reformas constitucionales, entre otras atribuciones legislativas.
     Por otra parte, con la fuerza que ha exhibido la oposición se plantea la posibilidad de convocar un referéndum revocatorio al Presidente de la República, pero estarían obligados a recoger las firmas del veinte por ciento de los electores inscritos y superar en el referéndum los resultados que alcanzó Nicolás Maduro en 2013.
     La oposición aún no tiene el gobierno pero esta victoria deja al actual gobierno debilitado ante un escenario de fuerte crisis económica, política y social. 
     La gran pregunta es por qué después de tantas victorias, esta vez sí ha perdido el chavismo. Para responder a esta cuestión es necesario plantearse qué ha sido y qué es el chavismo.
     En sus orígenes, el chavismo pivotó sobre dos grandes columnas:
1. Una reacción al recetario neoliberal y a la crisis de legitimidad bipartidista que no solucionaba los problemas de las grandes desigualdades dentro de una sociedad venezolana profundamente fracturada.
2. Un proyecto político que, desde que Chávez entró en la escena política en 1992, estuvo orientado a superar la dependencia petrolera y el pésimo reparto de su renta.
     ¿Y qué ha ocurrido en estos 17 años? veamos algunas claves de un primer análisis del día después de una derrota.

    
     Primera clave, enfrentamiento con EEUU
    
     El plantear el reparto y control de la renta petrolera fue para Venezuela firmar una declaración de guerra contra EEUU que considera casi cualquier reserva energética del mundo (y más aún, las del Hemisferio Occidental) como una cuestión de Seguridad Nacional. Este enfrentamiento se tradujo en un rosario de intervenciones, mediáticas, económicas, políticas, directas e indirectas, del gigante del Norte contra Venezuela, incluyendo el Golpe de Estado de abril de 2002. 17 años después, aunque Venezuela ha diversificado compradores, ha seguido dependiendo de Washington.


     Segunda clave, dependencia petrolera

     El chavismo ha sido incapaz de reducir su dependencia rentista del petróleo durante estos 17 años. No ha logrado generar tejido industrial, ni recuperar la producción agrícola, ni establecer una economía de servicios medianamente competitiva. Aunque logró retener un porcentaje mucho mayor de la renta petrolera en el país, suficiente para enfurecer a diversos lobbies multinacionales, no consiguió superar la dependencia petrolera y mantuvo las consecuencias de una economía rentista.
     Mientras los precios del petróleo fueron altos, el chavismo mantuvo el reparto de la renta con una fuerte apuesta social basada en programas sociales que mejoraron ostensiblemente las condiciones de los sectores más desfavorecidos, redujeron espectacularmente niveles alarmantes de pobreza y proporcionó salud y educación gratuitas a todos los sectores sociales.
Sin embargo, en los últimos años, Estados Unidos, que sigue siendo adicto a las energías fósiles, apostó por el fracking y los países productores de crudo no quisieron disminuir su producción, lo que provocó la fuerte caída de los precios petroleros que impactaron dramáticamente en la economía venezolana y en la sostenibilidad de su modelo social. Fue ahí cuando la escasez de productos de primera necesidad, la ineficiencia, el clientelismo, la corrupción y una política social desestructurada y desorganizada, comenzaron a desgastar los logros del chavismo.


     Tercera clave, fracaso con los problemas endémicos

     Si preguntan en la calle por qué ha perdido el chavismo estas elecciones, la respuesta es muy clara: escasez de productos, subida de precios, desabastecimiento e inseguridad. Sin embargo, estos problemas, que han generado un creciente malestar en la población, se vienen incubando desde hace años, son producto de unas inercias estructurales que el chavismo creyó poder conjurar con solo evocarlas pero que ha sido incapaz de superar. El gobierno se ha defendido argumentando que son inducidos por factores con intereses contrarios al proceso pero este argumento, en esta ocasión, no ha sido suficiente para convencer a las mayorías.


     Cuarta clave, falta de institucionalidad

     El chavismo fue incapaz de generar una institucionalización que asentara conquistas sociales y el diseño de un nuevo modelo de Estado que mantuviera de forma sostenible y eficiente un sistema político y económico orientado a la igualdad y a la justicia social.


     Quinta clave, radicalización de la oposición

     La oposición no solo es heterogénea sino que está profundamente dividida. La violencia callejera promovida a principios de 2014 por Leopoldo López y María Corina Machado, minó el liderazgo de Henrique Capriles Radonski que pretendía un acercamiento al chavismo y trataba de alcanzar unos acuerdos de mínimos en temas claves como la inseguridad. Esta división de la oposición ha permitido que durante estos 17 años los sectores radicales de extrema derecha tomaran la iniciativa política impidiendo cualquier acuerdo de Estado entre gobierno y oposición y generando un clima de ingobernabilidad constante que ha obstaculizado el desarrollo de las políticas del gobierno.


     Sexta clave, heterogeneidad del chavismo

     El chavismo tampoco es homogéneo. El malestar social endémico que dio origen al chavismo aglutinó en un mismo proceso distintas sensibilidades políticas, distintos sectores sociales, visiones de país, civiles y militares. Esta heterogeneidad ideológica, que ha sido fortaleza en la unidad y como bloque contra las embestidas de la derecha, sin embargo, ha impedido el diseño de políticas claras y coherentes. El chavismo se ha convertido más en un sentimiento político de unidad de sectores políticos y sociales heterogéneos frente a una clase dominante que en una doctrina política claramente definida.
     Esta derrota es un toque de atención no solo al chavismo sino a la izquierda en general cuando tiene que pasar de las intenciones, del discurso por la igualdad y la denuncia de las injusticias sociales, a gobernar con políticas viables que den solución a las necesidades concretas de los ciudadanos.


     Conclusión

     Los resultados de la elección de ayer pueden ser engañosos. En 1972, en un librito titulado “Venezuela contemporánea, ¿un país colonial?”, el historiador Federico Brito Figueroa sostenía que su país, en buena medida como consecuencia de la producción/dependencia petrolera, era un excelente ejemplo del colonialismo posterior a la descolonización. Es verdad que hasta cierto punto Chávez acabó con la tutela extranjera pero no con la dependencia petrolera y sus nefastas consecuencias sociopolíticas. ¿Lo hará la oposición?
     Aunque suene a tópico, lo cierto es que ante la fuerte polarización que vive y padece la sociedad venezolana, la oposición debe asumir su victoria con responsabilidad ante el reto que le han concedido los ciudadanos, algo de lo que hasta ahora no ha hecho gala. Su victoria se debe más al fracaso del gobierno en afrontar los problemas que azotan el país que a méritos propios como opción política que ilusione a las mayorías.
     El voto a la oposición, como su nombre indica, es un voto de oposición más que un voto de construcción y no se debe olvidar que las políticas de la llamada Cuarta República, con su viejos dirigentes que siguen activos, tampoco pudieron solucionar los problemas endémicos irresueltos, dependencia petrolera, el reparto de la riqueza, las desigualdades, la marginalidad o la inseguridad.
     Mientras tanto, el chavismo, que no es solo este gobierno, ha dejado una profunda conciencia política en el pueblo venezolano que ha marcado un antes y un después en la historia de este país y con capacidad y fuerza suficiente como para renovarse y generar nuevos actores y movimientos políticos que entren en la escena política venezolana y latinoamericana. Que nadie lo dé por vencido.


* Juan Agulló es sociólogo (geotlati@gmail.com); Rafael Rico Ríos es Ingeniero de Telecomunicación (@rafaelricorios)